Siempre tuve atracción por el dolor, por el dolor ajeno quiero decir. Hay a quien le encanta hurgar en la herida, incluso en sus propias heridas. Yo prefería ver las caras de sufrimiento de los demás. Y cuando digo sufrimiento no hablo en sentido metafórico; los desdichas del hambre y la miseria sólo me daban lástima. Hablo del paciente en un camilla, del anciano al que le duele la próstata, la espalda o cualquier otra cosa. Ver una cara de sufrimiento me llevó al éxtasis en alguna ocasión, he de reconocerlo.
Tal vez por esta razón decidí estudiar enfermería. No tenía una vocación sanadora, aunque tampoco todo lo contrario. Alguna vez vi muertos en la morgue, pero aquéllo no me removió nada por dentro. Con esto quiero decir que no soy un asesino, no disfruto arrancándole la vida a un ser humano; disfruto aplicando ciertas dosis de dolor. Por eso solicité mi ingreso en el hospital donde los casos por apuñalamientos, contusiones, heridas de bala, accidentes de tráfico y todo tipo de heridas sanguinolentas tienen la mayor tasa de ingresos de la ciudad.
Una vez me tocó atender a un hombre al que dispararon en un brazo. Aquéllo fue un regalo de los dioses; fui el encargado de limpiar su herida no sólo en su ingreso, sino todo el mes que estuvo de recuperación. Tuve que ir acomodando mi horario a sus visitas, y el día que no podía atenderle me lo pasaba comiéndome las uñas esperando que llegara cualquier persona a la que dañar. Esos días era especialmente peligroso. Recuerdo a una pobre anciana a la que tuve que pinchar siete veces en el mismo brazo porque “no le encuentro la vena señora, ¡por favor estese quietecita!”. Reconozco que podía ser un poco borde cuando andaba con el mono.
Disfrutaba especialmente de las heridas abiertas, no sé si ya lo comenté. Esas heridas que deben curar por segunda intención. Prefería ver sufrir a los hombres, cuanto más grandes y fuertes más importante me sentía. La verdad que tiene gracia ver a un tiarraco de metro noventa salir llorando de la enfermería.
Me encantaba cortarles las frases. Debía aprender quién tenía el poder. ¿Pero cómo se atreve a decir cómo tengo que hacer mi trabajo? Con esta gente me cebaba, si es que se lo merecían, joder.
Había muchos casos de apuñalamiento. Recuerdo uno de ellos especialmente. Era un yonki al que habían dado un buen tajo en el estómago. Esas heridas son de las que duelen, sobretodo porque se la hicieron con un hierro oxidado, y el yonki vino al hospital dos días después del incidente. La herida había empezado a gangrenarse, estaba llena de pus y el corte era feo e impreciso. Me deleitaba con estas cosas. Ver la carne rasgada e infecta era uno de mis pasatiempos, podía quedarme absorto durante horas. Por esta razón solía tardar mucho con cada paciente, tenía que disfrutarlos. No me gustaba la sangre, me gustaba la carne putrefacta. Ha habido quien me comparaba con Dexter, el de la tele. Vi un capítulo y no me sentí para nada identificado. Lo mío no es matar. Y tampoco tengo especial predilección por la sangre, como ya he dicho. Lo mío es ver la carne abierta. Los tejidos corporales en descomposición, a ser posible. Una lástima tener que curarlos.
Por eso pasó lo que tenía que pasar. Me harté de tener que curar esas heridas. Quería más. Algunas eran bellas obras de arte infecto. ¿Por qué arreglar aquéllo que es bello en sí mismo? Decidí no luchar contra mis propios principios, y empecé a no curar a mis pacientes. No quería que murieran, de verdad. Sólo quería ver carne putrefacta y escuchar sus gritos de dolor mientras practicaba “mis curas”. Entonces empezaron a acumularse denuncias contra mi, y bueno, ya saben el resto. Ahora estoy ante ustedes pidiendo clemencia. Tal vez no entiendan mis motivaciones, pero les aseguro que no hubo intención alguna de homicidio. Es posible que esté mejor encerrado, lejos de las heridas y mis pacientes. Pero si eso ocurre me matarán por dentro. Sólo quiero que entiendan lo que me movió a hacerlo, que era más fuerte que yo. Un deseo incontrolable que te come las entrañas. Lo necesito para vivir señores del jurado. Muchas gracias.
Tal vez por esta razón decidí estudiar enfermería. No tenía una vocación sanadora, aunque tampoco todo lo contrario. Alguna vez vi muertos en la morgue, pero aquéllo no me removió nada por dentro. Con esto quiero decir que no soy un asesino, no disfruto arrancándole la vida a un ser humano; disfruto aplicando ciertas dosis de dolor. Por eso solicité mi ingreso en el hospital donde los casos por apuñalamientos, contusiones, heridas de bala, accidentes de tráfico y todo tipo de heridas sanguinolentas tienen la mayor tasa de ingresos de la ciudad.
Una vez me tocó atender a un hombre al que dispararon en un brazo. Aquéllo fue un regalo de los dioses; fui el encargado de limpiar su herida no sólo en su ingreso, sino todo el mes que estuvo de recuperación. Tuve que ir acomodando mi horario a sus visitas, y el día que no podía atenderle me lo pasaba comiéndome las uñas esperando que llegara cualquier persona a la que dañar. Esos días era especialmente peligroso. Recuerdo a una pobre anciana a la que tuve que pinchar siete veces en el mismo brazo porque “no le encuentro la vena señora, ¡por favor estese quietecita!”. Reconozco que podía ser un poco borde cuando andaba con el mono.
Disfrutaba especialmente de las heridas abiertas, no sé si ya lo comenté. Esas heridas que deben curar por segunda intención. Prefería ver sufrir a los hombres, cuanto más grandes y fuertes más importante me sentía. La verdad que tiene gracia ver a un tiarraco de metro noventa salir llorando de la enfermería.
- ¿Seguro que tiene que apretar tanto la herida? Sus compañeros tienen algo más de tacto ¡aaaaaaarrrrrrrrggggggg!
- Estese quieto hombre, que no es para tanto. No ve que si se mueve es peor. Además, estas heridas deben limpiarse bien, si quedase cualquier resto se pueden infectar y entonces sí que lo pasará mal.
- Ya pero, a lo mejor no es necesario frotar con tanto entusias...¡moooooooo!
Me encantaba cortarles las frases. Debía aprender quién tenía el poder. ¿Pero cómo se atreve a decir cómo tengo que hacer mi trabajo? Con esta gente me cebaba, si es que se lo merecían, joder.
Había muchos casos de apuñalamiento. Recuerdo uno de ellos especialmente. Era un yonki al que habían dado un buen tajo en el estómago. Esas heridas son de las que duelen, sobretodo porque se la hicieron con un hierro oxidado, y el yonki vino al hospital dos días después del incidente. La herida había empezado a gangrenarse, estaba llena de pus y el corte era feo e impreciso. Me deleitaba con estas cosas. Ver la carne rasgada e infecta era uno de mis pasatiempos, podía quedarme absorto durante horas. Por esta razón solía tardar mucho con cada paciente, tenía que disfrutarlos. No me gustaba la sangre, me gustaba la carne putrefacta. Ha habido quien me comparaba con Dexter, el de la tele. Vi un capítulo y no me sentí para nada identificado. Lo mío no es matar. Y tampoco tengo especial predilección por la sangre, como ya he dicho. Lo mío es ver la carne abierta. Los tejidos corporales en descomposición, a ser posible. Una lástima tener que curarlos.
Por eso pasó lo que tenía que pasar. Me harté de tener que curar esas heridas. Quería más. Algunas eran bellas obras de arte infecto. ¿Por qué arreglar aquéllo que es bello en sí mismo? Decidí no luchar contra mis propios principios, y empecé a no curar a mis pacientes. No quería que murieran, de verdad. Sólo quería ver carne putrefacta y escuchar sus gritos de dolor mientras practicaba “mis curas”. Entonces empezaron a acumularse denuncias contra mi, y bueno, ya saben el resto. Ahora estoy ante ustedes pidiendo clemencia. Tal vez no entiendan mis motivaciones, pero les aseguro que no hubo intención alguna de homicidio. Es posible que esté mejor encerrado, lejos de las heridas y mis pacientes. Pero si eso ocurre me matarán por dentro. Sólo quiero que entiendan lo que me movió a hacerlo, que era más fuerte que yo. Un deseo incontrolable que te come las entrañas. Lo necesito para vivir señores del jurado. Muchas gracias.
