miércoles, 26 de agosto de 2009

DOLORES

Siempre tuve atracción por el dolor, por el dolor ajeno quiero decir. Hay a quien le encanta hurgar en la herida, incluso en sus propias heridas. Yo prefería ver las caras de sufrimiento de los demás. Y cuando digo sufrimiento no hablo en sentido metafórico; los desdichas del hambre y la miseria sólo me daban lástima. Hablo del paciente en un camilla, del anciano al que le duele la próstata, la espalda o cualquier otra cosa. Ver una cara de sufrimiento me llevó al éxtasis en alguna ocasión, he de reconocerlo.


Tal vez por esta razón decidí estudiar enfermería. No tenía una vocación sanadora, aunque tampoco todo lo contrario. Alguna vez vi muertos en la morgue, pero aquéllo no me removió nada por dentro. Con esto quiero decir que no soy un asesino, no disfruto arrancándole la vida a un ser humano; disfruto aplicando ciertas dosis de dolor. Por eso solicité mi ingreso en el hospital donde los casos por apuñalamientos, contusiones, heridas de bala, accidentes de tráfico y todo tipo de heridas sanguinolentas tienen la mayor tasa de ingresos de la ciudad.


Una vez me tocó atender a un hombre al que dispararon en un brazo. Aquéllo fue un regalo de los dioses; fui el encargado de limpiar su herida no sólo en su ingreso, sino todo el mes que estuvo de recuperación. Tuve que ir acomodando mi horario a sus visitas, y el día que no podía atenderle me lo pasaba comiéndome las uñas esperando que llegara cualquier persona a la que dañar. Esos días era especialmente peligroso. Recuerdo a una pobre anciana a la que tuve que pinchar siete veces en el mismo brazo porque “no le encuentro la vena señora, ¡por favor estese quietecita!”. Reconozco que podía ser un poco borde cuando andaba con el mono.


Disfrutaba especialmente de las heridas abiertas, no sé si ya lo comenté. Esas heridas que deben curar por segunda intención. Prefería ver sufrir a los hombres, cuanto más grandes y fuertes más importante me sentía. La verdad que tiene gracia ver a un tiarraco de metro noventa salir llorando de la enfermería.


  • ¿Seguro que tiene que apretar tanto la herida? Sus compañeros tienen algo más de tacto ¡aaaaaaarrrrrrrrggggggg!


  • Estese quieto hombre, que no es para tanto. No ve que si se mueve es peor. Además, estas heridas deben limpiarse bien, si quedase cualquier resto se pueden infectar y entonces sí que lo pasará mal.


  • Ya pero, a lo mejor no es necesario frotar con tanto entusias...¡moooooooo!


Me encantaba cortarles las frases. Debía aprender quién tenía el poder. ¿Pero cómo se atreve a decir cómo tengo que hacer mi trabajo? Con esta gente me cebaba, si es que se lo merecían, joder.


Había muchos casos de apuñalamiento. Recuerdo uno de ellos especialmente. Era un yonki al que habían dado un buen tajo en el estómago. Esas heridas son de las que duelen, sobretodo porque se la hicieron con un hierro oxidado, y el yonki vino al hospital dos días después del incidente. La herida había empezado a gangrenarse, estaba llena de pus y el corte era feo e impreciso. Me deleitaba con estas cosas. Ver la carne rasgada e infecta era uno de mis pasatiempos, podía quedarme absorto durante horas. Por esta razón solía tardar mucho con cada paciente, tenía que disfrutarlos. No me gustaba la sangre, me gustaba la carne putrefacta. Ha habido quien me comparaba con Dexter, el de la tele. Vi un capítulo y no me sentí para nada identificado. Lo mío no es matar. Y tampoco tengo especial predilección por la sangre, como ya he dicho. Lo mío es ver la carne abierta. Los tejidos corporales en descomposición, a ser posible. Una lástima tener que curarlos.


Por eso pasó lo que tenía que pasar. Me harté de tener que curar esas heridas. Quería más. Algunas eran bellas obras de arte infecto. ¿Por qué arreglar aquéllo que es bello en sí mismo? Decidí no luchar contra mis propios principios, y empecé a no curar a mis pacientes. No quería que murieran, de verdad. Sólo quería ver carne putrefacta y escuchar sus gritos de dolor mientras practicaba “mis curas”. Entonces empezaron a acumularse denuncias contra mi, y bueno, ya saben el resto. Ahora estoy ante ustedes pidiendo clemencia. Tal vez no entiendan mis motivaciones, pero les aseguro que no hubo intención alguna de homicidio. Es posible que esté mejor encerrado, lejos de las heridas y mis pacientes. Pero si eso ocurre me matarán por dentro. Sólo quiero que entiendan lo que me movió a hacerlo, que era más fuerte que yo. Un deseo incontrolable que te come las entrañas. Lo necesito para vivir señores del jurado. Muchas gracias.

lunes, 3 de agosto de 2009

BILL BERSTEIN II

Me he despertado sobre mi propio vómito. Esto está empezando a convertirse en un puto ritual. Y encima me acabé la puta botella, ¿porqué carajo no guardaría un poco para hoy? Ahora tendré que mandar a Pete a por un galón o dos. Asco de vida. Hace calor hoy. Podría abrir las ventanas en vez de levantarme, por lo menos se podría respirar aquí dentro. No, no, otra vez me he meado encima. Joder qué poco me gusta que Pete me vea así. Es bochornoso.

Qué será eso que huelo. Parece perfume, este Pete se está volviendo cada día más refinado. Total para los clientes que vienen aquí no creo que sea necesaria tanta historia. Al fin y al cabo para recibir a un matón de tres al cuarto con las instrucciones del día tampoco hay que estar demasiado presentable. No como en los buenos tiempos, cuando me llegaban casos de verdad. Cuando yo era alguien y no tenía que dar explicaciones ni a la policía. Bueno a la policía sí. Tampoco es que yo fuera Philip Marlowe ni mucho menos, pero tenía mi orgullo. Recuerdo aún cuando recuperé aquellas joyas que llevaban 20 años desaparecidas. Las joyas de la familia Templetown; me pagaron bien. Y fui capaz de esconderlas del seguro, que las hubiera reclamado. Una jugada maestra.

Este perfume... parece de mujer con clase y no de las furcias con las que tengo el gusto de codearme últimamente. Me recuerda a la señora Martins, aquélla joven viuda que estuve persiguiendo un tiempo, cuando trabajaba para la compañía de seguros Pashdam. Unos días antes de que me asignaran el caso, el pobre señor Martins había sufrido un accidente de coche cuando volvía a su casa. Vivía en uno de esos barrios residenciales al oeste de la ciudad. Siempre tomaba la ruta 67, que atravesaba las montañas desde el centro de la ciudad hasta Costa Azul, donde tenía su residencia. Era una casa de estilo colonial, con una impresionante fachada con cuatro columnas jónicas formando un semicírculo. Era abogado de empresas. Su bufete asesoraba a algunas de las empresas más importantes de la ciudad. Acababa de dar el salto y por fin se codeaba con peces gordos de la ciudad, pero parecía encontrarse demasiado cómodo en ese ambiente, como si fuera uno de ellos.

Había llovido todo el día, pero despejó por la tarde. La ruta 67 es peligrosa en cualquier circunstancia, pero más aún cuando llueve. Seguía húmeda cuando a la altura del kilómetro 32 la rueda delantera derecha se hundió en un charco de agua, justo en plena curva. Perdió el control del coche y salió despedido colina abajo. Tuvieron que reconocerle por la dentadura. Del coche tampoco se salvó mucho, con lo que si fue manipulado no se pudo averiguar. No quedaba más opción que mandar al bueno de Bill para que espiara a la pobre viuda. ¿A nadie se le ocurrió que podría ser un ajuste de cuentas?

Me presenté en el funeral haciéndome pasar por un viejo amigo del difunto. Quería ver de cerca si esa mujer era tan fría como me dijeron, pero no fue así; o al menos a mí no me lo pareció. Tal vez me embriagó en exceso su olor, ese perfume que se había quedado para siempre en mi nariz para que lo recordara siempre que quisiera. No sabría describirlo, sólo acierto a decir que me envolvía y desconcertaba. Mientras le besaba la mano noté cómo algo me tiraba de la nuca, como si me arrancaran todo el sistema nervioso de un fuerte tirón. Al levantarme me repuse y haciendo un esfuerzo me presenté.

  • Soy Bill, un viejo amigo de su marido. No sé si alguna vez le comentó. Nos criamos juntos en New Country.
  • Muchas gracias por venir desde tan lejos.
  • No hay de qué. Siento mucho su pérdida.
  • Gracias.

Parecía realmente dolida por la pérdida de su marido. En la oficina me metieron en la cabeza que lo más probable es que hubiera matado a su marido para cobrar el seguro de vida; suficiente para toda una vida. Stephan, mi jefe, me dijo que habían tenido problemas porque no conseguían tener hijos. Ella estaba cansada de él, al parecer era estéril, además de poco afectuoso. Me lo dijo como si una cosa estuviera relacionada con la otra. Sospechaban que ella tenía un amante, incluso que hubieran barajado la posibilidad de buscar un padre de alquiler, por llamarlo de alguna manera. A mí todo esto me parecía cosa de locos, pero debo decir que he visto de todo en este oficio. Después de varios años llegué a la conclusión de que el hecho de que yo no entienda una motivación no significa que para los demás no sea totalmente coherente. Eso hizo que perdiera muchos prejuicios y que la línea entre lo bueno y lo malo se difuminara hasta el punto de desaparecer. Más tarde pude volver a discernir entre ambos, pero creo que ya era demasiado tarde para mi.

Al final de la ceremonia se me acercó la señora Martins, estaba más calmada. Hablamos un poco de su marido, para lo que tuve que improvisar varias anécdotas basándome en la poca información que me dieron sobre él. A ella parecía valerle cualquier cosa que mantuviera viva su imagen. Después de varias mentiras insistió en que me hospedara en su casa, que necesitaba a alguien con ella y que al ser yo el mejor amigo de su marido... ¿quién mejor que yo?. De aquéllo deduje que la mayoría de la gente que estaba allí eran compañeros de trabajo, clientes, futuros compradores o vendedores de algo y que habían tomado el funeral para prolongar sus absurdos negocios. Si un desconocido con tres mentiras mal armadas podía parecer el mejor amigo de alguien es que algo no funcionaba bien en esa gente. Me dieron un poco de lástima, pero fue la coartada perfecta para tener cerca a la señora Martins, o Elisabeth, como me dijo que tenía que llamarla de ahora en adelante.


Continuará...