Más
tarde, ese mismo día, me enseñó la impresionante mansión en la
que vivía. Para acceder a la casa era necesario tomar un desvío
de la ruta 67. Tras un par de millas había una puerta de hierro
forjado y un alto muro de piedra que se extendía por todo el
perímetro de la finca. Recorrimos otra milla más hasta llegar a la
casa. Parecía sacada de una granja de algodón de un estado del sur.
En la parte de atrás de la casa había una piscina que asomaba a un
balcón natural con vistas a la ciudad, que se extendía hasta más
allá del horizonte. Nunca vi Bay City desde esta perspectiva.
Realmente impresionaba. Los rascacielos de oficinas que se erguían
en el centro de la ciudad se me antojaban maquetas de una ciudad de
cartón piedra. Por un momento pude imaginarme lo que podría ser
vivir en un lugar como aquél. Al instante supe que yo no estaba echo
para una vida de ese tipo. Yo soy una rata de ciudad, necesito del
olor nauseabundo del tráfico y del sudor ajeno en el metro. Aunque
me lo pudiera permitir, si viviera en una casa así, me sentiría
como un ladrón; y no es que sea un mojigato, pero tengo mis propias
reglas sobre el hurto indiscriminado.
Una
vez me acomodé en mi habitación, con vistas a la ciudad, bajé para
charlar un poco con Elisabeth. Me ofreció una copa.
- Güisqui gracias.- Sirvió una copa generosa de una botella de cristal tallado.
- No sabe lo que le agradezco que me haga compañía por unos días. Espero que no sea un inconveniente para usted.
- No,
en absoluto. Soy viajante, y aunque no suelo llegar hasta Bay City
he pedido permiso a la central.
- Espero entonces que tampoco sea un problema para su esposa.
- No se preocupe, no estoy casado. Con la vida que llevo no tengo tiempo para conocer a nadie.
- Ya imagino.
Me
miró intensamente, como quien quiere adivinar el mecanismo de un
reloj de bolsillo. Por suerte soy algo más complicado que eso. Se
levantó y sirvió otros dos güisquis.
- Entonces, ¿qué puede contarme de mi marido?
- No sé. Creo que no mucho más de lo que ya le conté. En el instituto, en New Country, éramos buenos amigos. Jugábamos al fútbol, perseguíamos a las chicas, ya sabe, lo que hacen los adolescentes.
- Mi marido no hablaba demasiado de aquélla época. Era algo que le incomodaba. Ayer encontré una foto de su equipo de fútbol, de cuando ganaron la liga. Y no me suena que esté su cara.
Traté
de que el silencio no fuera demasiado largo, se notaría que estaba
improvisando. Elisabeth me pasó la foto deslizándola por la mesa.
- Sí, lo recuerdo, es del último curso. Yo me pase todo el año lesionado, y me sacaron del equipo.- me subí la pernera del pantalón- Ve esta cicatriz. Me tuvieron que operar varias veces por una fractura múltiple. Tengo dos clavos que me ayudan a andar.
- Vaya, lo siento.
Creo
que con esto se dio por satisfecha. La cicatriz me la hizo Peter el
Manco, en un forcejeo a navaja. Por suerte en la foto había una pancarta enorme de felicitación al equipo con el año de la
promoción. No me fue difícil adivinar que se trataba del último
año de estudios.
- Tal vez tenga usted más cosas que contarme acerca de Christopher. Desde que dejó New Country para ir a la universidad no sé mucho de él. Sólo tuve noticias de que se casó con una hermosa mujer.- Sonrió tímidamente.
- Pues creo que no hizo mucho más. En los últimos años no paraba de trabajar en el bufete. Apenas pasaba por aquí para dormir. Levantar ese bufete le ocasionó muchos menos esfuerzos. Era muy ambicioso, aunque eso ya lo sabrás. Quería llegar a tener el bufete más importante de la ciudad, del estado. Representaba a las empresas más importantes, y estaban a punto de llegar a un acuerdo para extenderse por todo el país. Ahora no sé qué va a pasar. Los otros dos socios de Chris son buenos, pero era él quien atraía a los clientes importantes. Imagino que todo se irá a la mierda.
- Vaya, sí que es una situación delicada. ¿Cree que alguien pudo tener algo que ver con el accidente?
- Si
me preguntas si alguien tenía interés en matarlo, pues sí. Y la
mayoría estaban hoy en el funeral. Le he dado muchas vueltas a eso,
y la verdad que no sé cuál sería el peor de todos.
- ¿Quién ha salido más beneficiado de todo este asunto?
- Pues
mira, por un lado están los dueños de Morgan&Standley. Eran la
competencia directa de mi marido. Por otro lado un consorcio de
empresas, cuyo representante es Raimond Chantler, que se quedarían
sin la representación legal de mi marido tras la firma del acuerdo
con las multinacionales. Sus asuntos pasarían a las manos de
jóvenes abogados, aunque siempre dentro de nuestro bufete.
A
estas alturas ya había caído el tercer güisqui. Empecé a ver que
tenía varias visitas que hacer, y no me sería fácil si tenía que
ofrecer mi compañía a Elisabeth.
- En cualquier caso me niego a creer que nadie sea capaz de hacer una cosa así. Tanto la policía como los agentes del seguro están de acuerdo en que fue un accidente. La investigación de un posible homicidio es mera rutina. No quiero pensar que alguien ha matado a mi marido. Ahora que soy dueña de su parte de la empresa podrían venir a por mí. En parte por eso le invité a venir, me siento más segura con alguien en casa.
- Gracias,
y no quiero alarmarla, pero es más que probable que alguien haya
provocado el accidente. Imagino que necesitó algo de ayuda para
salirse de la carretera. Chris la conocía bien y no volvía tarde a
casa, lo cual era una excepción por lo que me ha dicho.
- Sí, en los últimos meses trataba de no estar tanto en la oficina, aunque la preparación del acuerdo le llevaba mucho tiempo. Ese día me llamó antes de salir, estaba emocionado porque habían dado un paso muy importante para cerrar el trato. Quería que fuéramos a celebrarlo.
- Vaya, qué lástima. ¿Quién tenía acceso a los coches? Imagino que alguno de sus empleados hará las veces de mecánico.
- Pues sí. Pero no creo que él....
- No sé, es sólo una posibilidad. No soy detective, pero no creo que fuera difícil de sobornar si le pagaran bien. En cualquier caso es algo bastante rebuscado ¿no cree?- Soltó una risita.
- Me parece mentira poder reírme de esto.
- Tampoco será malo si le ayuda a sobrellevarlo. No se preocupe Elisabeth.
Este
güisqui se subia sin darse uno cuenta. Apenas se notaba bajar por la
garganta, pero al cabo de un rato te golpeaba seriamente en la
cabeza. Creo que los dos estábamos un poco borrachos. Realmente se
le veía preocupada por lo ocurrido. Tenía que informar a la
central, pero no me pareció prudente usar el teléfono de mi
habitación. Decidí esperar a llamar desde un teléfono público, lo
cual no era fácil de encontrar por esa zona de la ciudad. Después
de cenar seguimos charlando de vanalidades, mientras agotábamos el
resto del güisqui. Tuve que contenerme para dormir solo aquella
noche.
