Ese día no fue de los mejores para Bill, tampoco uno de los peores. Su botella de güisqui se había agotado, y la resaca le recorría el cuerpo. Había pasado demasiadas noches intentando escapar de su soledad. La melancolía se apoderó de él en el momento en que se hizo consciente de su propia existencia. Su individualidad le abrumaba.
Desde luego que había nacido para estar solo. Bill era uno de esos hijos de puta con dificultad para hacer amigos. Nunca supe de dónde le vino su carácter agrio y seco. Seguramente algún trauma infantil, o una disfunción cerebral, vete tú a saber. El muy cabrón no hablaba demasiado, lo que ayudaba a acrecentar su problema. Eso sí, cuando lo hacía era porque realmente era necesario; y encima solía tener razón. Todavía no entiendo porqué me acercaba a su despacho cada mañana y le ayudaba a lavarse y estar presentable para su clientes. Nunca me dio las gracias por nada, pero yo seguía haciéndolo como si con eso fuera a conseguir algo en otra vida. “Las buenas acciones no quedan sin recompensa”, decía mi madre.
Aquélla mañana, como cualquier otra, Bill se despertó de muy mal humor. Que se le acabara el güisqui no ayudó. Para desayunar tomaba siempre un chupito o dos de güisqui. Siempre era güisqui de calidad, de más de 3 pesos el galón. Bill era así, y hay que quererlo como es. Sino más te vale alejarte, correr y no mirar atrás o acabarás como yo, en el mejor de los casos.
Algo flotaba en el ambiente, era un perfume sensual. Algo bueno iba a pasar, lo presentí. Y ya era raro porque en nuestras vidas no sucedían estas cosas. Sentir que algo bueno se acerca me ponía los pelos de punta, uno no está acostumbrado a estas sensaciones. La piel se te vuelve áspera y callosa cuando la vida te trata a palos. “Más te vale estar prevenido, porque la vida es una perra ramera”, decía mi padre.
La oficina olía a una mezcla de humedad y alcohol, con una extraña espesura en el aire que lo hacía casi irrespirable. Que el sol hubiera estado calentando la habitación toda la mañana no ayudaba. ¡Ostia puta! Bill se ha vuelto a mear encima. Ahora tendré que cambiarle. Esta es la parte que más asco me da de mi trabajo. Siempre me pareció repugnante ver a otra persona desnuda, y más si esa persona pesa ciento cincuenta kilos. De todas formas sé que seguiría haciendo esto aunque Bill no tuviera un peso. Él me pagaba porque no le gustaba que los demás sintieran lástima de él; aceptar la caridad ajena no es una de sus virtudes.
Bill siempre se dedicó a lo mismo. Decía ser investigador privado, aunque la realidad era que fue un investigador en otro tiempo, cuando la barriga y las canas aún no le habían empezado a asomar. La muerte de un niño fue lo que le llevó al estado en el que se encuentra hoy día. Era un caso complicado, de adopciones falsas y tráfico de órganos. Se salía del perfil de Bill, véase: morosos, estafas a seguros, infidelidades conyugales. Verse implicado en semejante escándalo no le ayudó en su carrera. Y ahora está ahí, cansado y mortecino; haciendo de matón en el mejor de los casos, trabajando para aquéllos a los que antes ayudaba a encerrar.
Pero esa mañana parecía diferente. Una vez limpio y aseado volvía a tener un aspecto decente. Al menos suficiente para que una mujer esbelta y elegante se atreviera a confiar en él. Aquí llegaron los vientos de cambio, de nuevo la esperanza. Recuperar la ilusión por vivir un poco más, llegar al desayuno del día siguiente, eso es lo que Bill había perdido. Eso es lo que podría recuperar si aprovechaba la oportunidad.

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