Había caminado por no sé cuánto tiempo. De esta manera llegué a una
especie de bulevar, solo que la zona arbolada consistía en un
macetero que se extendía a lo largo de la avenida bloqueando el
paso. La carretera había caído en desuso, y los vecinos se
decidieron a montar pequeños puestos a modo de improvisado
mercadillo, dando un extraño aspecto al lugar.
El
cielo tenía el aspecto de que el fin del mundo estaba muy cerca.
Pese a ello no caía una gota. Un fuerte viento atormentaba a los
vendedores. Yo miraba al mar. Estaba encrespado, vociferante. Me
decidí a cruzar la calzada y acercarme a lo que parecía un antiguo
paseo junto a la playa; playa que ahora no tenía más que unos
metros hasta donde rompían las olas. Tanto era así que de cuando en
cuando una gota de agua marina venían a parar a mi cara. Miré a mi
derecha y la vi. Una joven paseaba a su labrador. Era morena, de pelo
largo, algo delgada para mi gusto, pero realmente atractiva. Se me
acercó sin decir palabra y se colocó junto a mí, sin respetar el
espacio debido a todo desconocido. El perro se levantó sobre sus
cuartos traseros y apoyó sus patas en el muro.
Ahí
quedamos los tres, mirando el mar. Yo miré a la chica, ella me
sonrió. Luego miré a su perro, y ella me dijo: “Se llama Bruno.
Bruno.” Bruno se quedó parado, mirándome. Y no sé si fue mi
necesidad de sentirme entendido, o si realmente Bruno era capaz de
entenderme; pero algo me estremeció de tal manera que me abrió la
espalda en dos. Ella volvió la vista al mar, y cuando yo iba a
seguir su gesto, Bruno me miró aún con más fijación, y me dijo con voz gruesa, como de persona mayor:
“Treintaycuatro, ese es mi verdadero nombre. Treintaycuatro.”
Entonces pude respirar, ya estaba tranquilo, la inquietud se me pasó.


No hay comentarios:
Publicar un comentario