lunes, 12 de octubre de 2009

34

Había caminado por no sé cuánto tiempo. De esta manera llegué a una especie de bulevar, solo que la zona arbolada consistía en un macetero que se extendía a lo largo de la avenida bloqueando el paso. La carretera había caído en desuso, y los vecinos se decidieron a montar pequeños puestos a modo de improvisado mercadillo, dando un extraño aspecto al lugar.



El cielo tenía el aspecto de que el fin del mundo estaba muy cerca. Pese a ello no caía una gota. Un fuerte viento atormentaba a los vendedores. Yo miraba al mar. Estaba encrespado, vociferante. Me decidí a cruzar la calzada y acercarme a lo que parecía un antiguo paseo junto a la playa; playa que ahora no tenía más que unos metros hasta donde rompían las olas. Tanto era así que de cuando en cuando una gota de agua marina venían a parar a mi cara. Miré a mi derecha y la vi. Una joven paseaba a su labrador. Era morena, de pelo largo, algo delgada para mi gusto, pero realmente atractiva. Se me acercó sin decir palabra y se colocó junto a mí, sin respetar el espacio debido a todo desconocido. El perro se levantó sobre sus cuartos traseros y apoyó sus patas en el muro.


Ahí quedamos los tres, mirando el mar. Yo miré a la chica, ella me sonrió. Luego miré a su perro, y ella me dijo: “Se llama Bruno. Bruno.” Bruno se quedó parado, mirándome. Y no sé si fue mi necesidad de sentirme entendido, o si realmente Bruno era capaz de entenderme; pero algo me estremeció de tal manera que me abrió la espalda en dos. Ella volvió la vista al mar, y cuando yo iba a seguir su gesto, Bruno me miró aún con más fijación, y me dijo con voz gruesa, como de persona mayor: “Treintaycuatro, ese es mi verdadero nombre. Treintaycuatro.” Entonces pude respirar, ya estaba tranquilo, la inquietud se me pasó.

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